Sigue la polémica entre Mike Brown, el descubridor del “décimo planeta”, 2003 UB313, y el equipo del astrónomo español José Luis Ortiz por el descubrimiento de otro objeto del Cinturón de Kuiper, 2003 EL61, otro gran transneptuniano, aunque más pequeño que Plutón. Resulta que Ortiz publicó su descubrimiento el 29 de julio, y poco después Brown afirmó que llevaba observándolo ya varios meses, pero que no lo había hecho público porque estaba esperando más observaciones del telescopio espacial Spitzer. Al perder la exclusiva del descubrimiento, decidió desvelar la existencia de 2003 UB313 por miedo a que algún otro astrónomo se adelantase y le quitase el mérito. Hasta aquí todo normal: una historia más de descubrimientos astronómicos.

La polémica surgió cuando Brown insinuó sin mucha sutileza que el descubrimiento de Ortiz era un “robo” informático, ya que los archivos de las observaciones del telescopio de su equipo estaban a disposición de cualquiera en Internet (algo completamente normal, por otra parte), por lo que quizás algún miembro de equipo de Ortiz usó esta información para descubrir 2003 EL61. Aunque posteriormente Brown se ha retractado de estos comentarios, ya había arrojado la duda sobre el descubrimiento de Ortiz y muchos medios de divulgación americanos se lanzaron a criticar abiertamente la conducta del astrónomo español.

Alguien debería explicar a Brown que su conducta es la que merece ser condenada, pues aunque Ortiz hubiese usado los datos de 2003 EL61 (cosa que no sucedió), hubiese estado en todo su derecho, pues la comunidad astronómica funciona así. Cualquier nuevo objeto descubierto debe ser puesto en conocimiento de dicha comunidad inmediatamente, o al menos en un breve plazo de tiempo y no esperar meses para poder así acaparar el máximo de gloria posible. Por si fuera poco, Brown ya se había comportado de forma similar con el descubrimiento de Sedna y Quaoar, otros transneptunianos, y los había anunciado al público cuando estos cuerpos estaban en conjunción solar, es decir, cuando nadie más los podía observar. En palabras de Ortiz:

“Este secretismo le servía a Brown para poder estudiar los hallazgos en detalley en exclusiva, lo que va en contra del beneficio de la ciencia y no sigue loscauces establecidos, que implican comunicar la existencia de un objeto nuevo encuanto se descubre”

Brown se ha dejado llevar por su afán de notoriedad y se ha comportado como un ejecutivo agresivo en una empresa privada, no como un astrónomo. Casos como este son un peligroso precedente para la astronomía y la ciencia en general…esperemos que no cunda el ejemplo.

Seguimos con los transbordadores. Tras regresar con éxito, me permito reflexionar de la pompa mediática que se le ha dado a esta misión. Me refiero a las supuestas “reparaciones” realizadas en órbita. Ya sabemos que agosto es un mes en el que los periodistas dicen que no hay noticias (nunca he sabido por qué: ¿acaso las guerras se paran?, ¿acaso deja de haber desastres naturales?, ojalá, pero no es así, por el contrario, ¿no será que algunos periodistas se van de vacaciones?). Bueno, el caso es que retirar unas piezas de material con la mano difícilmente se puede considerar una “reparación”, especialmente cuando podía haber regresado perfectamente con las susodichas piezas incrustadas. Ya sabemos que la NASA tiene unas estupendas relaciones públicas, pero no es cosa de mentir para quedar mejor. Digo mentir, porque esta no ha sido la primera “reparación” en órbita, no ya por las decenas de arreglos en las estaciones espaciales Skylab, Salyut y Mir, sino porque que parece que se han olvidado de la Soyuz TM-9, que, en 1990, se acopló a la Mir con varios paneles térmicos que se habían separado de la cápsula de descenso. Los cosmonautas Solovyov y Balandin realizaron una verdadera reparación en órbita al asegurar los paneles a la cápsula para poder regresar con seguridad.

Y es que hay que informarse un poquito mejor, señores, que para eso está intenné…

Cada día está más claro que el diseño final del CEV se parecerá muchísimo al Kliper ruso (bueno, ruso-europeo-japonés), lo cual me parece muy bien. Ya era hora de que los ingenieros “incompetentes” americanos empezasen a tomar ideas de fuera, en vista de que las suyas no sirven ni para evitar que se desprenda espuma de un tanque externo. La recientemente desvelada propuesta de Locheed-Martin se parece muchísimo además al difunto proyecto europeo Hermes.

El transbordador espacial ha sido un fracaso por tres razones principalmente:

1- Diseño original incorrecto: en un principio el transbordador debía ser reutilizable al 100%, pero por motivos de dinero, la NASA se vio obligada a limitar la parte reutilizable al orbitador, introduciendo los cohetes de combustible sólido (SRB) y el tanque externo (ET). No es de extrañar que precisamente esas dos partes fuesen las causantes de los dos accidentes mortales: el Challenger por un fallo en los SRB y el Columbia por uno en el ET. Además, por motivos presupuestarios, la NASA se vio obligada a aceptar la participación de la USAF en el diseño del transbordador. Los militares querían una gran bodega de carga para poner en órbita y/o recoger satélites espías de gran tamaño. Además necesitaban que fuera capaz de realizar importantes maniobras orbitales para lo cual debía contar con grandes alas. Al final, el vehículo orbital era mucho más grande, complejo y caro de lo que la NASA había planeado en un principio. La gran paradoja es que al final los militares apenas usaron el transbordador, y nunca fue lanzado desde Vandenberg, donde se construyó una rampa de lanzamiento con todas las instalaciones necesarias.

2- La seguridad: el transbordador es una máquina muy compleja y bastante segura. El problema es que debe ser segura al 100% (algo imposible a largo plazo), ya que no hay sistemas de escape de emergencia durante el lanzamiento. Esto es un retroceso claro en la historia del vuelo espacial, pues todas las naves tripuladas (a excepción de los dos vuelos de las cápsulas Vosjod) han contado con este sistema. A su vez, la falta de dicho sistema era debida al gran tamaño del transbordador, que hacía carísimo e impracticable poner una torre de escape u otro mecanismo similar.

3- Política incorrecta: al amenazar el gobierno americano con cancelar el programa de la lanzadera a principios de los 70, la NASA afirmó que podría llevar a cabo decenas de lanzamientos anuales, una afirmación gratuita sin ninguna base técnica. Para poder rentabilizar el vehículo y justificar tantas misiones (recordemos que en los 80 no había ninguna estación espacial americana) se dijo que el transbordador sustituiría a TODOS los cohetes convencionales y se usaría para poner en órbita TODOS los satélites, una auténtica locura que causaría indirectamente el desastre del Challenger. Tras esta tragedia, esta política se canceló, pero el daño ya estaba hecho: el transbordador no sólo no había abaratado los costes de lanzamiento, sino que los había incrementado.

A la hora de diseñar el sustituto de la lanzadera, el CEV, se debe tener en cuenta estos puntos, para que el vehículo tenga:

1- Una torre de escape que permita salvar a los astronautas durante el lanzamiento y, a ser posible, algún mecanismo que permita la supervivencia en el caso de un fallo crítico durante la reentrada.

2- Capacidad (al menos en algunas versiones de la nave) para reentrar a 11 km/s en vez de los 8 km/s normales. Esta es la velocidad que alcanza una nave a su regreso de un vuelo a la Luna o interplanetario, lo que permitiría al vehículo realizar tales misiones. Recordemos que el transbordador es incapaz de reentrar a estas velocidades.

3- Capacidad para realizar vuelos sin tripulación, como las Soyuz y las Progress rusas, evitando así la necesidad de arriesgar vidas humanas en vuelos de prueba o especiales. De esta forma también se podría usar el CEV para llevar suministros a la ISS.

Esperemos que el CEV y el Kliper contribuyan a hacer los viajes tripulados más seguros y frecuentes (por este orden).

Como amante de los idiomas, me he encontrado con esta simpática página donde describen cada uno y su dificultad relativa. Aunque escrita desde el punto de vista de un angloparlante, o al menos de un indoeuropeo parlante, suscribo todo lo que se dice de los idiomas mencionados, salvo con el caso del español, ya que al ser nativo no me atrevo a opinar.

En mi experiencia particular, el idioma más difícil de pronunciar de los que he estudiado, y con mucha diferencia, es el chino, no solo por los tonos, sino también por esas consonantes tan complicadas. Un ejemplo: para un chino no es lo mismo q que ch, aunque ambas les suenen a un occidental similares a nuestra ch. La primera se pronuncia con la punta de la lengua pegada a los dientes inferiores, mientras que la segunda se debe pronunciar con la punta en el paladar, detrás de los dientes superiores…Por suerte, la gramática china es probablemente la más simple y lógica (por lógica me refiero a la falta de excepciones), que compensa la dificultad de su pronunciación. La escritura es otro mundo, pero bueno, aprender un idioma es una tarea difícil que precisa de muchos años.

El idioma con la gramática más caótica, que no necesariamente compleja, es para mí el japonés. Cuando has asimilado que una partícula se emplea para una regla, te encuentras con que se puede emplear con otro significado opuesto. A esto sumemos la complejidad de la escritura y tendremos un idioma pa’ acojonarse. Lo positivo es la pronunciación, la más parecida al español que he conocido (salvo el italiano o el catalán, claro).

El idioma más “bonito” sigue siendo para mí el ruso. Me encanta como suena, me encanta su gramática y me encanta su vocabulario. Lástima que sea bastante difícil.

Es curioso, porque la gente tiene un concepto binario con respecto a los idiomas: o los hablas o no. ¿Cuántas veces hemos oído preguntar si alguien “habla” ruso o “sabe” francés?, sobre todo en las películas, donde vemos algún personaje que siempre dice “yo hablo X”, y a continuación se pone a charlar en este idioma como si fuera un nativo. La realidad es muy diferente: el conocimiento de un idioma tiene infinidad de matices y niveles, y para aprender realmente una lengua se necesitan años de duro aprendizaje, a veces cinco, a veces diez. Quien crea que puede hablar una lengua estudiando un par de años está equivocado. No me refiero a preguntar dónde está la estación más cercana y cosas por el estilo, sino a entender una película o un libro. Esto es especialmente llamativo en el caso del inglés: nuestro país está lleno de gente que dice saberlo, ¿pero cuántos de ellos lo hablan decentemente y entienden una película en V.O.?…pues muy pocos, aunque sea el idioma extranjero más popular en España…