Un libro muy interesante de Adrian Goldsworthy editado en español por Akal. A pesar de su excesivo precio (unos 40 €) es una obra que cualquier aficionado a la Antigüedad debe tener. El libro cubre todos los aspectos de la máquina de guerra que hizo de Roma un imperio, pero destaca especialmente por su material gráfico, lo que nos permite hacernos una idea muy precisa de cómo era el día a día de un legionario. Pese a todo, se echan de menos más reconstrucciones artísticas como las que aparecen en los libros de Osprey, en vez de tantas fotos de ruinas y estelas funerarias (curiosamente, una de las mejores fuentes de información sobre el equipamiento del ejército romano). Lo que más me gustó es que también cubre el periodo del imperio tardío, cuando las legiones romanas tenían un aspecto más similar a los soldados medievales que a los ejércitos de legionarios con la famosa lorica segmentata de los primeros siglos d.C.

Los astrónomos europeos del VLT en Chile han realizado la primera foto de un exoplaneta. Hasta ahora, los más de 150 planetas descubiertos lo habían sido mediante métodos indirectos. Hace poco el telescopio espacial Spitzer detectó por primera vez la luz de un exoplaneta, pero en este caso no se “vio” al planeta en sí.

Se trata de un planeta muuuuuy joven con aproximadamente la misma masa que Júpiter y que todavía está en proceso de formación, por lo que está a una temperatura de 2000 K. Eso y el hecho de que orbita a su estrella a la enorme distancia de 100 UA (Neptuno lo hace a 30 UA) han favorecido su detección.

050401_FIRST_PLANET_01.jpgLa foto en cuestión: A, la estrella principal, llamada GQ Lupi. B: el posible exoplaneta.

Una vez más lamentar el escaso tratamiento informativo que ha tenido la noticia, especialmente tras la avalancha de noticias sobre el descubrimiento del Spitzer hace unas pocas semanas. Está claro que a los científicos europeos no les hacen ni caso, ni siquiera en su tierra. La que hubieran armado los americanos si hubieran sido ellos los descubridores…

Más información:http://fr.arxiv.org/abs/astro-ph/0503691

Maravilloso libro de Brian Greene sobre las supercuerdas. Es raro que un físico prestigioso se digne a escribir un libro de divulgación sobre el tema en el que trabaja, especialmente si ese tema es tan complejo y tan difícil de entender sin usar un lenguaje matemático avanzado como es el caso de las supercuerdas, el constituyente último de la materia y la energía del cosmos. Greene hace un magnífico trabajo en la primera parte del libro acercando al lector los conceptos de la relatividad especial, la relatividad general (RG) y la mecánica cuántica (MC), para poner el énfasis a continuación en sus contradicciones internas, contradicciones que obligan a buscar una teoría que contemple tanto a la RG como a la MC. Esa teoría parece que puede ser la Teoría M, basada a su vez en las teorías de supercuerdas.

La segunda parte del libro es en mi opinión un poco más floja (dentro del excelente nivel de calidad de toda la obra), lo cual es lógico, ya que explicar los pormenores teóricos de las supercuerdas es una tarea ardua y desagradecida. Quizás las partes más difíciles de seguir para el neófito sean los capítulos donde Greene se dedica a explicar sus propias contribuciones a la teoría (le podemos permitir esa licencia, al fin y al cabo, es el autor), pues son bastante complicadas para alguien que no tenga ni pajolera idea de matemáticas avanzadas. Pese a todo una obra recomendable para cualquier persona ávida de saber un poco más sobre nuestro universo. Ahora a ver si tengo tiempo y me leo el último libro que ha sacado: The fabric of the Cosmos.

La única objeción que puedo señalar no es culpa del autor, pues me refiero a la mala traducción. Una vez más nos encontamos con una traducción buena que resulta deficiente en lo relativo a los términos científicos. Por ejemplo, a los agujeros de gusano (wormholes) se les llama “túneles de lombriz”, a la distorsión del espacio-tiempo (spacetime warping) se le denomina “alabeo”, etc., etc. Todas ellas son traducciones formalmente correctas, pero distintas a las usadas normalmente por la comunidad científica en España (ignoro si estos términos son más populares en Sudamérica, pero de ser así, entonces que hagan ediciones separadas, que no les cuesta nada). Lástima que decidí comprarlo aquí en vez de encargarlo a Amazon.

Aprovechando mi ociosa vida (es broma, ¿eh?) he leído estas últimas semanas un par de libros que recomiendo:

  • China, la venganza del Dragón, de Georgina Higueras. La autora ha estudiado y vivido en China muchos años y eso se nota. Frente a otros libros que retratan la actualidad china, éste nos da una visión de conjunto muy agradable y contiene muchas claves para entender los problemas de este gran país que ha sufrido una transformación brutal desde el maoísmo de la Revolución Cultural al hipercapitalismo galopante de la actualidad. Muy interesante en especial los comentarios sobre el Partido Comunista Chino y su adaptación al neoliberalismo actual. Frente a muchos autores anglosajones que hablan del PCC como si fuera un clon del difunto PC de la URSS, Higueras nos pinta una imagen más compleja y llena de matices.
  • Samuráis, de Carol Gaskin y Vince Hawkins. Un librito de la colección Breve Historia un tanto insulso y cortito pero que sirve como una buena introducción al tema. Aquellos que ya hayan leído algo se sentirán un poco defraudados, pero gustará a los novatos. Su bajo precio lo hará aún más atractivo. Me gustó especialmente el capítulo sobre la batalla naval de Dan-no-ura, que tuvo lugar en 1185, entre los clanes Minamoto (o Genji) y Taira (o Heike). Los jefes del clan Heike, que tenía en sus manos al emperador, un niño de ocho años, al ver que la derrota estaba cerca, decidieron suicidarse. Durante años, los pescadores de la zona siguieron encontrando cangrejos que tenían en sus caparazones la cara de un guerrero samurái, símbolo de que los espíritus de los Heike seguían entre nosotros. Para aquellos que hayan visto la serie sagrada Cosmos este episodio les sonará especialmente, ya que aparece en el Capítulo 2, Una Voz en la Fuga Cósmica.
  • Gladiadores, de Daniel P. Mannix. Otro librito económico de la colección Breve Historia que me ha impresionado profundamente. No me refiero a las historias de gladiadores y cuádrigas, de las que ya había leido y sabía como eran, sino a los actos de salvajismo sádico de todo tipo que se cometían en el Circo y en el Coliseo. Porque una cosa es soltar fieras para que se coman a los cristianos, que no es precisamente un acto muy humanitario, pero bueno, al fin y al cabo eran delincuentes según la ley romana y además todos conocemos este episodio histórico, y otra cosa es enseñar a burros y toros a violar doncellas para que éstas mueran destrozadas en el acto o tirar a inocentes a un lago repleto de hipopótamos salvajes…una “bestialidad” vamos, sin ofender a las pobres bestias, que eran masacradas como si estuvieran en un videojuego de la Play Station. No me extraña que zonas enteras a las orillas del Mare Nostrum quedaran esquilmadas de animales salvajes, porque los romanos se los llevaron todos. Recomiendo la lectura de este libro, sobre todo para que muchos vean que la telebasura no se inventó ayer.

Esa es la visión de Marte que nos está dejando la sonda europea Mars Express tras un año alrededor del planeta rojo. Aunque no tiene tanta resolución como su hermana americana Mars Global Surveyor, lo compensa obteniendo bellas fotos estereográficas y a todo color, que, aparte de bonitas, son muy interesantes desde el punto de vista científico. La Mars Express revela una superficie marciana en la que la actividad volcánica a jugado un papel muy importante al derretir las reservas de agua subterráneas excavando canales en el proceso. Además, los científicos han concluido que la mayor parte de los grandes canales de inundación (“outflow channels”) se formaron en realidad mediante glaciares, en vez de trombas de agua. Glaciares alimentados a su vez por actividad volcánica. Destacan los glaciares del flanco del Olympus Mons (la mayor montaña del Sistema Solar), que han estado activos hasta hace 20 millones de años (en algunos lugares hasta hace 4 millones de años), o sea, ayer mismo en términos geológicos, por lo que se refuerza la idea de que Marte ha sufrido un cambio climático reciente.

El polo norte marciano: nieve de CO2, agua y cenizas volcánicas.

Las laderas del Olympus Mons: antiguos glaciares.

En la revista Investigación y Ciencia de febrero aparece un artículo sobre el descubrimiento del planeta Neptuno que aclara lo que hasta ahora había sido un culebrón de la historia de la ciencia. Efectivamente, en cualquier libro de astronomía podemos encontrar al francés Urban Le Verrier y el inglés John Adams como los codescubridores de este planeta, hecho que tuvo lugar en 1846. La historia “oficial” era bastante rocambolesca: intrigado por la extraña órbita de Urano, Le Verrier supuso que debía haber otro planeta exterior que afectase su trayectoria, para lo cual calculó su posición aproximada en el cielo y transmitió estos datos a los astrónomos Galle y d’Arrest que, tras una ardua búsqueda, lograron descubrir el planeta el 23 de septiembre de 1846.

Sin embargo, al poco de conocerse este descubrimiento, los ingleses alegaron que un súbdito suyo, el joven matemático John Adams, ya había predicho la posición de Neptuno con anterioridad a Le Verrier inspirado por las mismas anomalías del movimiento de Urano. Añadieron además que Adams había indicado sus sospechas a George Airy, el Astrónomo Real Británico, el cual, había accedido sin mucho entusiasmo a estudiarlo, para lo cual dio ordenes al astrónomo James Challis que observase la zona. Challis cumplió con su deber sin mucha devoción y diligencia, razón por la cual el descubrimiento les fue arrebatado por los franceses. Tras la reclamación de los británicos, hubo un periodo de varios años en los que franceses e ingleses se tiraron los trastos a la cabeza, aunque al final se llegó a un consenso y los gabachos reconocieron a regañadientes la coautoría del descubrimiento por parte de Adams.

Esta era la historia oficial que podíamos leer en cualquier libro y que contaba con grandes personajes:Adams, el tímido y desconocido matemático cuya labor científica es ignorada por sus “jefes”. Airy, el prepotente y burócrata Astrónomo Real que no hace caso a la joven promesa. Challis, el astrónomo inepto y holgazán que no realiza bien su trabajo. Le Verrier: el descubridor agraviado cuyo carácter arrogante hacía que muchos pensasen que no se merecía tal merito. Etc., etc. Para hacer un telefilm, vamos.

Sin embargo en 1998 ocurrió un curioso incidente que cambiaría este guión. Hablo de la muerte del astrónomo Olin Eggen, el cual se descubrió entonces que estaba en posesión de una gran cantidad de documentación del Royal Observatory británico, incluyendo la correspondencia personal de Airy. A la luz de estas evidencias, W. Sheehan, N. Kollerstrom y C. Waff nos ofrecen una imagen bien diferente: Adams realizó los cálculos, efectivamente, pero en su correspondencia y encuentros con Airy nunca detalló el novedoso método en el que se basaba (teoría de perturbaciones) y de hecho no llegó a contestar una carta de Airy pidiéndole más información, con lo cual desaparece el mito de un Adams obsesionado con Neptuno y frustrado porque no le hacían caso. Airy, por otro lado, cumplió con su deber interesándose por el trabajo del joven y pidiéndole más información. Igualmente se restaura la maltratada figura de Challis, quien se puso a observar la zona predicha por Adams tan pronto como Airy se lo pidió en julio de 1846. Sin embargo, Challis no contaba con buenos mapas de la zona, a diferencia de d’Arrest y Galle, por lo cual tuvo que hacerlos el mismo. El pobre hombre catalogó hasta 3000 estrellas en esta tarea. Ironías del destino, entre esas observaciones figuran dos que corresponden a Neptuno. Con buenos mapas los ingleses se podían haber adelantado.

Sin despreciar el trabajo de Adams y sin olvidarse del factor suerte, los investigadores concluyen tajantemente que el mérito del descubrimiento debería recaer en exclusiva en Le Verrier, pues fue el primero en predecir la posición del planeta y convencer a los astrónomos que observasen esa zona.