Es muy difícil encontrar libros sobre astronáutica en castellano, así que ahora podemos estar de enhorabuena con la publicación de Adiós a la Tierra (Leaving Earth, 2002), de Robert Zimmerman. El libro está dedicado a la historia de las estaciones espaciales, pasando por las Salyut y Mir soviéticas, el Skylab americano y la ISS. El autor hace un gran trabajo al mostrarnos el desarrollo de los programas espaciales americano y ruso, en un principio rivales, y su convergencia hacia la construcción en la actualidad de la Estación Espacial Internacional. Pese a sus aproximadamente 520 páginas, la obra no es una enciclopedia repleta de detalles técnicos y listas de astronautas y misiones, sino un recorrido reflexivo sobre las últimas décadas del programa espacial tripulado.

El principal mérito del libro es precisamente reunir en una sola obra toda la historia de las estaciones espaciales. Hasta ahora habíamos podido leer sobre el Skylab, las Salyut o la Mir, pero por primera vez, Zimmerman nos ofrece una visión de conjunto, algo inusual para un escritor americano, pues la mayor parte del libro está dedicada a las estaciones espaciales rusas.

Otra originalidad es la discusión de detalles históricos y políticos para poder comprender mejor las decisiones que condujeron a la consecución de determinados programas. Desgraciadamente, esta característica del libro es también su principal desventaja. Efectivamente, el odio que destila el autor por el régimen soviético, a veces comprensible, le conduce a formular afirmaciones simplistas y maniqueas sobre la política soviética. Igualmente, aunque hace gala de un intento de objetividad, Zimmerman es bastante más bondadoso con el programa espacial americano que con el ruso, algo de esperar dada la nacionalidad del autor. Así, por ejemplo, según leemos prácticamente todos los hitos de la cosmonáutica soviética estaban motivados por la propaganda, como el lanzamiento de la segunda mujer cosmonauta. Sin embargo, las misiones del transbordador americano con congresistas, maestras y príncipes saudíes es visto como algo normal. Quizás la referencia política menos objetiva es la que tiene que ver con la caída de la URSS y las figuras de Yeltsin y Gorbachov. Zimmerman no puede ocultar su desprecio hacia Gorbachov y sus desmedidas simpatías por Yeltsin, lo que lleva al absurdo de proclamarle campeón de la tolerancia y la libertad por su valiente resistencia ante el golpe de estado de 1991 en una página para, a continuación, justificar su decisión ilegal de tomar militarmente el Parlamento Ruso en 1993, donde murieron cientos de políticos opositores (todos ellos “matones del KGB” y “comunistas contrarios a la libertad”, según Zimmerman).

En sus críticas al programa espacial americano, el autor va aún más allá. Aunque sus críticas a la NASA por su excesiva burocratización y estrechez de miras son justificadas y novedosas en un libro americano, Zimmerman no se corta en atribuir todos los fallos de la política de la NASA a la administración Clinton, culpándole del desastre de planificación que es la ISS. Para ser más tendencioso aún más si cabe, las administraciones Reagan y Bush (padre e hijo) son retratadas de forma magnífica y exoneradas de cualquier culpa que tuviesen en los desaguisados administrativos de la NASA. Es más, Zimmerman llega a echarle la culpa de la falta de iniciativas de la NASA a Bill Clinton personalmente, una opinión cuando menos ridícula.

Pero no todo es malo: resalta especialmente llamativo el relato de las misiones Shuttle-Mir y la construcción de la ISS, que se desvía de la tradicional crítica despiadada al programa espacial ruso. En este caso, Zimmerman es bastante objetivo y reparte críticas casi por igual. Y digo casi porque aunque hace referencia a los retrasos en la construcción del módulo ruso Zvezdá, se olvida hablar de los retrasos y sobrecostes de módulos americanos, como es el caso del laboratorio Destiny. Puesto que la obra se escribió en 2002, no incluye las tremendas repercusiones en el seno de la NASA que ocasionó la destrucción del Columbia en 2003, algo que sin duda habría cambiado el tono general de la obra.

Otro defecto es la pobre presentación gráfica. Aunque se incluyen un puñado de esquemas en blanco y negro de cada estación espacial, el libro sería mucho más ameno e impactante (y más caro, naturalmente) con unas cuantas fotos a color. Además, no habría estado nada mal la inclusión de algunos anexos con información sobre las misiones y tripulaciones, lo que habría enriquecido la obra y la hubiera convertido en un magnífico libro de consulta.

En definitiva, un buen libro para comprender cómo el hombre ha intentado adaptarse a ese entorno tan extraño que es el espacio. Me quedo con una cita de su última página:

Nuestras esperanzas y nuestros sueños definen nuestras vidas. Si elegimos sueños triviales y mezquinos, fáciles de realizar pero que apenas logran nada, nos empequeñecemos. Pero si soñamos a lo grande, nos ennoblecemos realizando actos que nos elevan por encima del reino animal. […] Ha llegado la hora de viajar a las estrellas.

Ahora que la sonda New Horizons ya está en camino, es curioso como poca gente se ha dado cuenta de que esta sonda se convertirá en la cuarta nave interestelar de la humanidad, casi treinta años después del lanzamiento de las Voyager. Efectivamente, al ser lanzada en una trayectoria de escape del Sistema Solar, se perderá en el espacio interestelar. Eso sí, tardará cientos de miles de años en pasar remotamente lejos de cualquier estrella vecina.

La New Horizons se sumará así a nuestros cuatro embajadores cósmicos, las Pioneer 10 y 11, y las Voyager 1 y 2. Por cierto, la New Horizons adelantará a las Pioneer 10 y 11 en unos 80 y 130 años respectivamente, aunque no así a las Voyager.

A la tercera va la vencida, y tras dos intentos fallidos, allá va la sonda New Horizons camino al misterioso (¿ex planeta?) Plutón. Sólo tenemos que esperar nueve añitos…paciencia, paciencia…

Hace unos días la Stardust batió el récord de velocidad de regreso a la Tierra al reentrar en la atmósfera a 46 435 km/h, superando la marca del Apolo 10 en 1969. Curiosamente, la New Horizons romperá ese récord en sentido contrario, pues habrá alcanzado 57 700 km/h para escapar de la gravedad de nuestro planeta.

Se veía venir. Originalmente la NASA había decidido usar metano y oxígeno líquido (LOX) como combustibles para el CEV con miras a la exploración marciana, ya que este gas se puede sintetizar fácilmente a partir del CO2 de la atmósfera del planeta rojo. Sin embargo, las dificultades de diseño, y por tanto presupuestarias, han hecho que al final se decante por una opción más tradicional: combustibles hipergólicos (como el Apolo o la Soyuz) o criogénicos (hidrógeno líquido y LOX). Y es que Marte queda aún muy lejos, pues la prioridad de la NASA es ahora volver a la Luna.

A veces me tropiezo con comentarios que podía haberlos escrito uno mismo. Me he encontrado con este post de Martin Varsavsky sobre el doblaje de películas en España y el aprendizaje del inglés que resume perfectamente lo que pienso sobre el tema.

…En España el inglés se aprende en general con profesores que pronuncian malel idioma ya que el énfasis es en saberlo escribir y leer y no en hablarlo. Losniños españoles no saben pronunciar inglés porque tanto el cine como latelevisión está doblado y el resultado es que muchos españoles que escriben yleen inglés no lo entienden bien al escucharlo ni lo pueden pronunciar de unamanera que los nativos del inglés lo entienden. Este fenómeno se agrava porque adiferencia de Argentina en España existe un desprecio a la gente que pronuncialas palabras extranjeras tal como se pronuncian en su idioma original, cosa quehace que el que sabe pronunciarlas queda mal si comparte sus habilidades con losdemás y estos no aprenden.