Tras siete años en el espacio pegada como una lapa a la nave americana Cassini, la sonda espacial europea Huygens aterrizó ayer con éxito en el mayor satélite de Saturno, Titán, un mundo con una atmósfera más densa que la de la Tierra y donde el metano forma nubes, lluvia y ríos. Tras sobrevivir a una entrada en la atmósfera a 20 000 km/h y unas temperaturas de 12 000 ºC, la Huygens descendió durante dos horas hasta chocar con el suelo.

La imagen en color muestra una superficie formada por piedras de hielo, que a una temperatura de -180ºC se comporta como la roca en la Tierra, y una atmósfera de color naranja debido a la presencia de metano y enormes cantidades de hidrocarburos que llueven del cielo como maná químico. Esto hace de Titán el mundo con mayor diversidad de elementos químicos complejos en todo el Sistema Solar, aparte de la Tierra, claro, y por eso es tan interesante su estudio.

La verdad es que tras contemplar las imágenes, los científicos siguen sin estar seguros de la composición de lo que se ve en la superficie. Las piedras que se ven en primer plano se supone que están formadas por hielo, pero quizás también por roca. La naturaleza exacta de los hidrocarburos anaranjados de la superficie también es desconocida, al igual que las sorprendentes formaciones que captó la sonda al descender a través de la atmósfera, donde se aprecian lo que parecen ser canales o ríos desembocando en una especie de mar o reserva de hidrocarburos. El tiempo dirá.

Aunque las imágenes recuerden un poco a Marte, a mí se me parecen más a las que tomaron en la superficie de Venus las sondas soviéticas Venera.

Más allá del éxito científico, estamos ante una proeza tecnológica de una magnitud impresionante. Nunca antes una nave había intentado aterrizar en un mundo tan lejano (1500 millones de kilómetros), y menos después de viajar durante siete años por todo el sistema solar, pasando dos veces por Venus, una por la Tierra y otra por Júpiter antes de llegar a Saturno. Se trata de un logro que es fácil subestimar, pero que en realidad es muchísimo más complejo que poner una nave en la superficie de Marte, por ejemplo.

La única pega a este tremendo éxito de la ESA ha sido la terrible presentación de las fotos al público. En lugar de ir difundiendo las imágenes a medida que se recibían, algo que ha hecho la NASA con casi todas sus misiones interplanetarias, hemos tenido que esperar de forma incomprensible a que fueran publicándolas por cuentagotas en aburridas conferencias. No entiendo en absoluto esta manera de proceder, lo cual muestra que la ESA tiene todavía muchísimo que aprender en lo referente a las relaciones públicas.

Por otro lado no puedo evitar pensar: ¡qué feliz sería Carl Sagan si pudiese contemplar estas imágenes!

El estudio de los ideogramas japoneses o kanji (漢字) es el gran hueso del idioma, como todo estudiante de japonés habrá experimentado en sus carnes. El problema es que para leer un periódico o una simple revista, debemos conocer unos 2000 (¡!) de estos simbolitos tan simpáticos. La enseñanza tradicional de los kanji consiste en someter al estudiante extranjero al mismo sistema de tortura, perdón, de enseñanza, que siguen los niños japoneses en la escuela: fuerza, o mejor dicho, memoria, bruta. El sufrido estudiante debe adquirir uno a uno todos los caracteres aprendiendo como se dibujan, su significado principal y secundario(s) (sí, los jodíos cambian de significado…) y sus, como mínimo, dos lecturas japonesas. Esta es una tarea hercúlea que asusta al más valiente. El problema es que, de entrada, un extranjero debe esforzarse un 30% más que un niño japonés. ¿Por qué?. Pues porque el niño ya conoce las palabras en su idioma y sólo tiene que asociar al kanji el significado correspondiente, mientras que el extranjero debe además traducir las lecturas japonesas a su idioma. El estudiante principiante no es plenamente consciente de esta dificultad, pues ve como siguiendo este método tradicional aprende decenas y decenas de kanji y aparentemente, se va acercando a la meta de conocer los 2000 kanji básicos (sí, básicos, porque hay unos 4000 más). El problema surge cuando ya se llevan memorizados unos 300-500 kanjis. Es entonces cuando para gran frustración del estudiante, éste se da cuenta de que hay cientos de ellos parecidísimos entre sí, y lo que ha aprendido se convierte en inútil: ¿cómo voy a acordarme de las diferencias entre 武 (guerrero), 成 (convertirse), 城 (castillo), 式 (estilo), 域 (zona), 威 (intimidar) o 我 (yo)?.En este punto mucha gente abandona el estudio del idioma desmoralizados ante tamaña dificultad. ¿Qué podemos hacer?. Pues pasar de los métodos tradicionales japoneses y seguir otros. Lo que es válido para un niño nipón inmerso en su idioma y su cultura, no tiene que ser necesariamente válido para un extranjero. Aquí es donde entra el magnífico libro Kanji para Recordar, de James Heisig, versionado al castellano por Marc Bernabé. El método de Heisig es sencillo. ¿Por qué saturar a la memoria aprendiendo a la vez los dos tipos de lecturas japonesas, el significado del kanji y su escritura?. Lo mejor es ir por partes: primero aprendamos a dibujar cada kanji y su significado en nuestro idioma, y luego ya habrá tiempo de estudiar cómo se pronuncian. Para memorizar los 2000 símbolos, Heisig propone un método sencillo: se descompone cada ideograma en otros más simples y los relacionamos entre sí por medio de una historia, preferiblemente una que evoque imágenes sugerentes, para no olvidarlo. Por ejemplo, si ya conocemos el kanji de “perro” y el de “rey”, podemos aprender el de “loco”, formado por los dos anteriores, imaginando un perro con una corona en su cabeza aullando como un loco (狂). Puedo decir por experiencia propia que el método funciona: en unas semanas, el estudiante podrá memorizar no sólo el significado, sino también cómo se escriben, los 2000 kanjis básicos. Paradójicamente, no creo que sea un libro recomendable para aquellos que se inician en la lengua japonesa por varios motivos:

Primero, porque el novato se suele desesperar al aprender un kanji, pero no su lectura, por lo que piensa que el sistema tradicional es mejor porque enseña a leerlos, además de cómo escribirlos. En esta etapa, el estudiante usa principalmente su memoria visual para recordarlos y cree que será capaz de acordarse de todos. El problema surge a partir de los 500 kanjis más o menos, cuando el alumno se enfrenta a decenas de ideogramas prácticamente similares a la vista pero con significados dispares, pues entonces la memoria visual se satura y es donde se entra en la etapa de sufrimiento.

Segundo, porque los primeros kanjis que aprendemos con este método, pese a ser por lo general los más simples, son también bastante raros para el principiante, por lo que una vez más vuelve a pensar que el método es inútil porque no le enseña desde un principio los kanjis básicos que usa en las lecciones, como los de “beber”, “comer”, “dormir”, etc.

Reconozco que yo mismo, debido a mi impaciencia, era de los escépticos. Estuve muchas veces a punto de comprarme el libro y lo descarté por parecerme falto de interés. Mi opinión cambió, cuando tras haber estudiado y memorizado unos 1000 kanjis, me di cuenta de que era incapaz de escribir correctamente la mayoría de ellos. Fue entonces cuando, desesperado, busqué alternativas y me acordé de esta obra. Recordé que, aunque sólo lo había ojeado por encima, podía acordarme perfectamente del kanji asociado al concepto de “riesgo”, ya que se dibuja como un ojo que mira al sol (冒). La imagen asociada al concepto de “riesgo” era tan potente que no la había olvidado pese a leer esa página del libro fugazmente.

Naturalmente, es un método, no una receta milagrosa. Como es natural, el estudiante deberá repasar las lecciones ya aprendidas para no olvidarse. Además, para que sea efectivo, uno debe seguir las instrucciones del autor: escribir siempre en un cuaderno o folio los kanjis que estamos aprendiendo y aprenderlos bien usando historias chocantes o impactantes, no sólo memorizando los componentes. Si se siguen las instrucciones, garantizo que cualquiera podrá superar esta barrera.

Curiosamente, ahora que estoy estudiando chino, me he enterado de que muchos escolares de ese país siguen un método similar. ¿Por qué no lo emplean los japoneses?. Pues porque supongo que los chinos se ven más forzados por la necesidad, pues ellos deben memorizar un mínimo de 5000 ideogramas (o hanzis, como ellos los llaman) para leer un periódico, es decir, más del doble de lo que necesitan los japoneses. Además, por suerte para los chinos, cada hanzi suele tener un único significado y una única lectura, frente a la multiplicidad de pronunciaciones y significados en japonés. Esta multiplicidad es debida precisamente a que los japoneses adquirieron los kanjis de los chinos, junto con sus pronunciaciones.

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Hacer una película sobre una figura como Alejandro Magno no es tarea fácil: ¿qué se puede decir que no se haya dicho ya en decenas de libros, cientos biografías más o menos exactas o miles de citas históricas?. Alejandro es más que un personaje histórico: es un mito de la cultura occidental y como tal, toda película que se haga sobre él estará siempre incompleta, pues es imposible abarcar todas las facetas, verídicas o no, de este conquistador.

Ante esta imposibilidad, existen dos opciones para llevar a la pantalla tamaña epopeya: en la primera, más taquillera y típica de Hollywood hoy en día, el director podría haber optado por una huida hacia adelante y convertir la historia en una especie de Matrix helenístico llena de golpes y sin mucho diálogo, algo así como lo que hicieron con la Ilíada en ese videojuego llamado Troya. La segunda opción es transformar la película en un documental soporífero y carente de emoción, pero riguroso desde el punto de vista histórico.

¿Cuál ha elegido el siempre polémico Oliver Stone?. Pues las dos. Efectivamente, la película combina trepidantes escenas de acción, suficientes para cubrir la cuota de hemoglobina necesaria para resultar atractiva a un público más general, con muchos diálogos que nos ayudan a comprender al personaje. Para resumir la corta pero agitada vida del monarca macedonio, Stone recurre a un Anthony Hopkins en el papel de Ptolomeo que nos narra muchos de los acontecimientos que no aparecen en la pantalla para ahorrar metraje. El resultado seguramente no acabe de convencer a todos, pero estamos sin duda ante una gran película, de esas que Hollywood cada vez produce con menos frecuencia. Naturalmente es incompleta, como es lógico, pues es una película, no una enciclopedia y la mayoría de las veces las narraciones de Ptolomeo rompen el hilo argumental y se hacen un tanto pesadas, convirtiendo la película en un documental. Sin embargo, la historia personal de Alejandro destaca por encima de todos estos defectos. Muchos historiadores tuvieron dificultades para conciliar la imagen de un Alejandro tolerante, portador de los valores democráticos griegos, fascinado por la sabiduría y el conocimiento, con esa otra faceta de tirano cruel y sanguinario que arrasa ciudades por mero capricho, obsesionado con conquistar el mundo. Aunque Oliver Stone se inclina claramente por la primera, no escatima escenas de furia descontrolada donde podemos ver a ese otro Alejandro, pero de tal forma que la imagen global del personaje es totalmente coherente, pese a que Colin Farrell no esté a la altura en algunas ocasiones.

El aspecto claramente polémico de la obra estriba en las relaciones homosexuales de Alejandro, que tanta controversia han creado en EE.UU. Stone aborda de manera valiente y sin complejos este tema hasta ahora tabú en el cine. Atrás quedan las sutilezas y la ambigüedad de secuencias donde se nos habla de ostras y caracoles: uno de los ejes de la película es la relación de amor entre Alejandro y uno de sus generales, Hefestión. Aunque Stone olvida aquí otros “compañeros” que tuvo, esta relación aporta una gran fuerza a la película, y, por qué no, ese toque de originalidad (algunos dirán sensacionalismo) que diferencia una buena película de un mero telefilm.

Otra faceta destacable es la gran fidelidad histórica empleada a la hora de reproducir los atuendos, armas y edificios de la época. La recreación de la batalla de Gaugamela es simplemente insuperable: no sólo la famosa falange macedonia está reproducida con total exactitud, sino que también podemos admirar pequeños detalles como la aparición de honderos entre las filas griegas o las guadañas de los carros persas. Igualmente destacable es la precisión histórica de los trajes empleados por griegos y macedonios (atención a los sombreros), o la ciudad de Babilonia y su puerta de Ishtar. Por otro lado, la criticada aparición de mapamundis con nombres en inglés, lejos de ser un fallo garrafal, se puede considerar una licencia del director para transmitir mejor la magnitud titánica de los viajes de Alejandro hasta los límites del mundo conocido. En cuanto a la rigurosidad histórica del guión, hay partes más exactas que otras, pero en general el resultado es más que correcto.

Alejandro Magno no es una película perfecta ni mucho menos y tampoco es la mejor obra de Oliver Stone, pero es difícil entender el gran rechazo suscitado entre la crítica de medio mundo, dado el bajo nivel de calidad de la mayor parte de producciones actuales. Para gustos, colores, pero no entiendo que críticos a los que Troya les entusiasmó echen pestes de esta obra. Me temo que este rechazo esté causado por la mala imagen del director en EE.UU. tras filmar la vida de Fidel Castro o por el retrato explícito de la conducta homosexual de Alejandro más que por la mala calidad del film. Y es que a Stone se la tienen jurada en Hollywood desde lo de Castro y ahora es tiempo de pasarle factura…

Tenía ganas de ver esta película. El guión nos muestra una especie de ucronía con un mundo donde el Hinderburg III surca los cielos como un transatlántico aéreo majestuoso y los aviones anfibios al servicio de la Royal Air Force campan por sus respetos para mayor gloria del Imperio Británico. Todo muy en la línea de los cómics pulps de la posguerra y los años 50. Precisamente, la película intenta imitar esta estética de película en blanco y negro coloreada, donde los efectos digitales se mezclan con planos en los que el paisaje parece un decorado detrás de los actores, como en Casablanca. Sí, todo muy bonito, pero lástima que el resultado sea una auténtica mierda. Sí, sí, mierda, con sus cinco letras al completo. Una vez más, Hollywood nos demuestra que, en lo referente a películas de acción, están completamente dominados por los efectos especiales y son unos completos inútiles a la hora de hacer una película inteligente, aunque tengan una idea genial en la que basarse y unos buenos actores. Porque esa es otra, hacía tiempo que no veía una película donde los actores estuvieran tan desaprovechados: el Sky Captain (Jude Law) parece gilipollas y la relación con Paltrow es simplemente patética. Los secundarios son perfectamente olvidables y uno se pregunta para qué los han puesto allí. Menos mal que nos queda “Los Increíbles” para resarcirnos de este mal gusto. Si esto sigue así, mejor que en el futuro todas las películas de acción las hagan por ordenador y nos ahorramos espectáculos lamentables como este.

Pocos saben, excepto los que allí viven, claro, que la famosa batalla de Trafalgar en la que el almirante Nelson ganó su gloria y una columna en medio de Londres para ser visitada por turistas, tuvo lugar en aguas andaluzas. Son menos aún los que saben que la flota a la que derrotó no era sólo francesa, sino española en buena parte. O debería decir sabían, porque la nueva novela de nuestro más popular escritor, Pérez-Reverte, nos ha hecho a todos recordar de nuevo este pedazo de nuestra historia. Se trata de un libro muy en su línea: entretenido y lleno de curiosidades históricas. Como suele ser habitual en el autor, el estilo y la historia son un tanto irregulares, pero este defecto queda compensado por el hecho de ser un best-seller de SÓLO 250 páginas, ¡por fin!, que hoy en día parece que no hay ningún autor capaz de relatar una historia en menos de mil folios. La verdad es que se agradece…

Lo mejor: la recreación de la batalla y los personajes que en ella participaron.Lo peor: el estilo narrativo es muy divertido al principio, pero hacia el final cansa un poco. La historia navega sin un rumbo claro, por utilizar una metáfora relacionada con el libro.

Se trata de una magnífica novela de Juan Miguel Aguilera ambientada en el siglo XV. La historia nos cuenta el viaje (“rihla”) de un árabe de Al-Ándalus (Lisán al-Aysar) al nuevo mundo, adelantándose en unos pocos años a Colón. Allí se encontrará con un mundo mágico y sorprendente repleto de sorpresas. Al principio el lector piensa que se encuentra ante una inusual novela histórica, quizás con elementos de ucronía, pero luego la trama toma un giro inesperado y se da cuenta de que es una novela fantástica. Al final del libro, y si sabemos leer entre líneas, la novela vuelve a transformarse en una obra de ciencia-ficción. Sin embargo todos estos cambios se realizan de forma lineal, manteniendo la frescura y agilidad de la historia. El relato nos es narrado en primera persona por Lisán principalmente, por lo que podemos ser capaces de ponernos en su piel y experimentar toda la extrañeza que las civilizaciones del nuevo mundo deberían haber causado a un árabe culto del siglo XV, extrañeza similar a la que experimentaron en la realidad los primeros conquistadores españoles. El autor describe a los mayas y aztecas a través de los ojos de Lisán, haciendo difícil reconocer en un principio los elementos típicos que asociamos a ambas culturas y creando una maravillosa atmósfera de misterio.

Yo no soy un amante de la fantasía, y sin embargo, esta novela me ha cautivado. No por los elementos puramente fantásticos, sino por la descripción “mágica” de mayas y aztecas. En efecto, la visión de ambas culturas que aporta Aguilera es tan diferente a la que estamos acostumbrados (por lo menos yo) que sorprende y atrapa desde un principio.

Realmente compré esta novela tras ver quién era el autor, ya que siempre recordaré la maravillosa Mundos en el Abismo, escrita junto a Javier Redal, que me dejó fascinado cuando era adolescente.

Lo mejor: la descripción del nuevo mundo y los personajes. La escena del sacrificio masivo de 80 000 prisioneros de guerra para celebrar la inauguración del Gran Templo en Technotitlán es simplemente genial.Lo peor: la trama tiene un par de momentos flojos y no queda muy claro qué son exactamente los yïnns y el chu’lel, aunque quizás sea mejor así.

A los rusos les sobran ideas en el sector aerospacial, lástima que carezcan de dinero para llevarlas a cabo. La todopoderosa empresa Energia ha presentado el primer modelo a esacla real de la cápsula Klipler, destinada a sustituir a las Soyuz. Tiene capacidad para 6 astronautas (frente a los tres de la Soyuz) y puede estar acoplada a la ISS un año entero (la Soyuz sólo 6 meses). Además, gracias a su forma de cuerpo sustentador puede maniobrar ligeramente durante la reentrada y aterrizar con más precisión, lo que significa aterrizar en territorio ruso en vez de las estepas de Kazajstán, ahorrándose el gobierno de Putin unos preciosos dólares que le da al gobierno asiático cada vez que monta el tinglado del rescate. Curiosamente, aunque presentada como cápsula, en realidad la Kliper se parece más a un transbordador: en efecto, la nave es reutilizable, y, al igual que el shuttle americano, cada unidad tiene una vida útil de 25 vuelos. El gobierno ruso planea (?) construir 4 unidades, otra vez a semejanza de los americanos. Sin embargo, esta nave carece de los defectos del shuttle: durante el lanzamiento llevará incorporada, al igual que las Soyuz, una torre de escape que permitirá salvar la vida de los cosmonautas en caso de que el cohete estalle. Además, aterrizará mediante paracaídas, por lo que no hay necesidad de aterrizajes de alta precisión. Su principal desventaja es que utilizará el cohete Zenit, fabricado con colaboración ucraniana, que tiene problemas de financiación en la actualidad.

Pues mucha suerte.

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Sí, ya sabíamos que la Relatividad Especial nos dice que nada puede moverse más rápido que la velocidad de la luz, c (o más exactamente, que nada puede acelerar hasta alcanzar c y superarla). Sin embargo, en los últimos años se había creado una gran controversia porque ciertos investigadores proponían que aunque se trataba de un límite para objetos físicos, la velocidad de grupo de ondas luminosas podía superar c, transmitiendo información de este modo al pasado y destruyendo el principio básico de la física: la causalidad (uno no puede morir antes de nacer). Ahora podemos estar tranquilos, “causalmente” hablando , porque un porque un grupo de investigadores ha demostrado que la velocidad de grupo no se puede usar para transmitir información.

En el CERN han realizado un experimento para detectar una de las partículas que se cree pueden formar parte de la materia oscura (no confundir con la energía oscura, que es otra cosa). Esta partícula es el axión. No se ha detectado, pero se han puesto nuevos límites a su masa (si es que existe esta partícula). Recordar que la materia de la que estamos hechos nosotros, la Tierra y las estrellas (materia bariónica) es sólo un 15% de toda la que existe. El resto no es visible, pero la podemos detectar por su influencia gravitatoria y su huella en el fondo cósmico de microondas.